Cuídate

Re-descubriendo el Niño Interior

By 15 abril, 2016 No Comments

Desde Freud hasta nuestros días, las distintas corrientes de investigación en psicología, han estado de acuerdo en que los primeros años de la vida marcan con intensidad al sujeto, y que las relaciones con nuestros padres u otras figuras significativas así como el entorno son las que nos dan nuestra identidad, esto se remarca especialmente de los 0 a 6 años de vida.

En ese periodo parece ser que el individuo ya ha experimentado todas las emociones que más tarde ira repitiendo durante el resto de la vida.

Nacemos completos. Somos un cuerpo emocional, sentimos odio, miedo, alegría, amor, cólera… todas las emociones son humanas y desempeñan un cometido importante y esencial.

Al ir creciendo, se nos dice esta emoción es mala, buena, educada, esta está prohibida; se etiquetan las emociones. Así comienza la separación entre el cuerpo emocional, el alma y el cuerpo físico, acrecentando la separación de los hemisferios cerebrales y obligándonos a una adaptación la mayoría de las ocasiones dolorosa y frustrante; formando dos grandes bloques de sentimientos: positivos y negativos.

Pero el niño siente, se emociona tanto con unos como otros y al sentir los que fueron tildados de malos aparece la culpa y no hay culpa sin castigo. En consecuencia las emociones reprimidas se filtran al sótano de la psiquis alimentando un monstruo con nombre y apellido “sombra emocional”

El enfrentamiento al abandono se convierte en desamor y los miedos, ansiedades e intentos de adaptación; en fin todas las emociones amenazantes se van tornando en problemas de conducta que nos impiden a los adultos disfrutar de una existencia feliz.

El pasado no es un bloque sólido e inalterable, va variando la imagen que tenemos de él a lo largo de los años, modificándose con pequeñas alteraciones destinadas a poder adaptarnos, pero en los momentos de conflicto, el inconsciente reabre las imágenes de ese pasado sin el velo del autoengaño, en toda su crudeza, estas se albergan en lo profundo del alma. El alma y la mente no guardan el mismo recuerdo.

Esta imagen de antaño, reconstruida según nuestra frágil memoria, no es más que el descuido del niño interior, que portamos todos en nuestras almas de adultos. El abandono del niño es una fuente de dolor constante, pero podría ser una fuente de alegría si le dedicáramos un tiempo dándole la atención que todo niño reclama y se merece.

¿Cómo podemos explicar nuestros enfados nimios, la insatisfacción laboral, la falta de paciencia con los demás, la excesiva autoexigencia, los desacuerdos en pareja, en fin la profunda insatisfacción que nos asola a oleadas?

Muchos lo achacamos al carácter, al temperamento, a la otra persona que consideramos insoportable, a lo “difícil que está todo,” a la ineficacia de los superiores o a la falta de empatía de los compañeros de trabajo. Finalmente acabamos diciendo: – “Bueno, yo soy así”. Así es la vida. Lo cierto es que la responsabilidad siempre es nuestra pues nosotros somos los actores principales de nuestras vidas. Pero todos en algún momento hemos oído o incluso dicho esa frase tan manida “ese niño que llevas dentro”, dicho niño es el que posee la clave del cambio. Sanemos al niño y sanaremos al adulto. El niño interior es el niño divino, es el Yo auténtico. Es lo mejor de nosotros antes de tener que sufrir el doloroso proceso de adaptación. Todos disponemos de uno, de ahí emana la creatividad, el amor, el poder y por ende la abundancia. Su capacidad de perdón, su generosidad e ingenuidad son inagotables. Su amor es incondicional y jamás se menosprecia pues se acepta incondicionalmente. Su capacidad de ver la vida como un acto lúdico y creativo es excepcional con lo que la vida le devuelve lo que da, amor.

¿Cómo podemos recuperar al niño interior?

Cuentan que C. Jung disponía de una sala de juegos donde cada día, antes de ponerse a trabajar se recluía para jugar y sus risas reverberaban alegres por todo el estudio. ¿Cuándo fue la última vez que jugamos tan solo por el placer del juego?

Podríamos permitirnos lo siguiente para comenzar con el cambio:

-Podemos adquirir ese juguete que tanto quisimos de niños y nunca tuvimos o recuperar el que tan buenas horas nos hacia pasar y volver a jugar con el.

-Jugar con nuestros hijos, sobrinos, vecinos incluso con nuestra pareja ¿por qué no establecer un torneo interno de canicas, chapas, parchís etc. ?

-Intentar mirar el mundo con mas calma buscando la sorpresa en las pequeñas cosas, sentarse en el parque a saborear un caramelo o un helado, mientras nos imaginamos navegando en el barco pirata que salió a la búsqueda del tesoro.

– Atrevámonos a ir con nuestros hijos saltando y riendo, haciendo el payaso solo por reír, riamos y permitámonos dar y recibir amor.

El objetivo es contactar con nuestro niño interior herido, mimarlo y decirle que nunca mas nos olvidaremos de el, que ésta vez el yo adulto estará ahí para cuidar y animar al niño, mientras pone fin al sufrimiento no resuelto de la niñez.

¿Qué nos aporta la recuperación del niño interior?

La posibilidad de instaurar un nuevo orden interno menos castrador. Dejar de lado la máscara, el falso yo, recomponiendo una personalidad íntegra y creativa. -Abordar el mundo de las emociones sin miedos y permitirnos emocionarnos, amar y ser amados de forma incondicional.

EL NIÑO INTERIOR

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